La plaza Urquiza, en los últimos 10 años, se transformó en el corazón del movimiento de Barrio Norte. Es el epicentro de numerosas actividades. Mujeres de todas las edades tomando clases gratuitas de zumba se mezclan con los skaters. Los caminantes se cruzan con esos chicos de cabezas coloreadas que no hacen otra cosa más que hablar de comics japoneses y series coreanas. Abrazos y besos interminables de adolescentes atrapan la mirada de esos niños que corretean de un lado a otro. Cada vez más son las personas que eligen sus bancos para tomar mates, mientras otros prefieren habitar las mesas de los bares que coparon las veredas. Jóvenes empujando cochecitos se enternecen cuando se cruzan con ese abuelo que recuerda su vida entera en un asiento. Un padre separado tratando de convencer a su hijo que ya no hay tiempo para disfrutar de los juegos o dar otra vuelta en la Calesita. Por esa razón ese paseo público es único en la provincia. No hay otro lugar igual. Pero ese universo está en peligro por la violencia juvenil.

El viernes 24 de septiembre, aprovechando el feriado, decenas de adolescentes se enfrentaron a golpes en lo que se denominó la “Guerra de las gorras”. Por esa batalla campal que espantó a centenares de personas, la Policía montó un importante operativo de seguridad. Pero el color azul de sus uniformes no amedrentó a los adolescentes. Dos fueron demorados después de haber amenazado con un arma de juguete de plástico a un niño que vendía golosinas. Lo mismo ocurrió con tres que tenían cuatro cuchillos en sus mochilas. Y, por último, otros dos sufrieron las mismas consecuencias por intentar generar incidentes. Por esos hechos, la del viernes fue la “Tarde de los cuchillos”.

“Es increíble. Sólo pasa en Tucumán”, reconoció Rosario Rivadeneira. “No se puede creer que todo lo bueno que hay aquí lo arruinen los salvajes. Y digo salvajes porque sólo ese tipo de personas puede citarse con otros para agredirse. Hemos vuelto a la Edad de Piedra, pero con conectividad”, agregó mientras aspiraba la bombilla de su mate. “Y la tecnología les está secando la cabeza a nuestros chicos. Alguien tiene que hacer algo. Los padres en sus casas y los educadores en los colegios. ¿No hay en los establecimientos educativos gabinetes especializados? Evidentemente no hacen nada por frenar la violencia entre los chicos, ya que en casa no hay control”, indicó la docente jubilada que algo entiende del tema.

En su edición de ayer, LA GACETA publicó el valioso testimonio de un mozo que trabaja en un bar de la zona hace 18 años. Fabián González, como si fuera un especialista en la materia, planteó tres tipos de enfrentamientos: los que se generan por un robo, las peleas circunstanciales y los choques entre grupos que se citan para agredirse. “Estas son las más peligrosas”, explicó.

Diferencias

“Siempre hubo peleas juveniles en Tucumán. El problema es que ahora no hay códigos”, explicó el ingeniero Esteban Jiménez. El profesional de más de 50 años recordó que en los 80, a la salida de los boliches o en los bares, eran comunes que volaran los golpes de puños o los famosos “pilazos”. “La mayoría eran changos vinculados al rugby que andaban juntos. Se hacían cagar y punto, no se buscaba matar a nadie”, agregó.

Hubo varios incidentes famosos en los que se vieron involucrados rugbiers en a fines de los 80 y principios de los 90. Muchos aún recuerdan la batalla campal que se desató en el bar Rucafé (en la ochava este de 25 de Mayo y Mendoza). Y todo se originó cuando un adolescente gritó “le están pegando a ‘Maldad’”. También tuvieron repercusión en los medios la destrucción del bar McBull (San Martín al 900) y varios años después, la agresión que sufrieron el arquero Esteban Pogany y otros jugadores en el pub María Delirio (Corrientes al 400).

UN REFUGIO EN PELIGRO. La plaza Urquiza tuvo un importante crecimiento en los últiimos años, pero la violencia la puso en jaque. LA GACETA / FOTO DE Osvaldo Ripoll

La frivolidad de los años 90 trajo numerosos cambios y hechos que golpearon a la sociedad tucumana. Las costumbres comenzaban a cambiar entre los jóvenes. La 25 de Mayo ya se transformaba en el “tontódromo” de la provincia. Y la vida de esa arteria nacía en la plaza Urquiza, paseo que en el oeste tiene una mole de telón de fondo: el Colegio Nacional. A ese establecimiento concurría Pablo “Pachuli” Julio y otros integrantes de un grupo que se hizo conocer como “Fondo Blanco”. Los “fonderos”, como lo llamaban en esos tiempos, generaban terror por las peleas que protagonizaban en los boliches y en los locales de videojuegos. “Marcaron una época porque se hicieron famosos. Creo que en su historia hay mucho de mito y que sólo eran unos ‘vaguitos’ que pensaron que serían famosos haciendo eso. Sin embargo, terminaron estigmatizados. ‘Pachuli’, por ejemplo, terminó en cana por una causa de drogas inventada para sacarlo de circulación”, explicó Esteban Molina, amigo de Julio, que falleció hace cuatro años.

En la segunda mitad de los 90, la violencia ganó las calles de la provincia. El 30 de marzo de 1996, Lucas Fernández fue asesinado de un disparo en la cabeza cuando transitaba en un auto por avenida Mate de Luna. Por el hecho se acusó y condenó a 12 años de prisión a Andrés Miguel y se pidió que se investigara a Julio César Vergara Altuve por su posible participación. En 2006, la Corte Suprema de Justicia de la Nación, absolvió al penado e insistió en que se analice al hijo de la ex sindicalista de los empleados judiciales Ada Altuve. Tanta insistencia tenía su razón de ser: la víctima del crimen que quedó impune le provocó la pérdida de un ojo a Enrique Altuve. Para los jueces, ese hecho era suficiente para que se produjera una venganza.

Los tucumanos no se habían recuperado del crimen de Fernández cuando se produjo otro caso que dejó perpleja a la sociedad. El 27 de julio de 1996, en la cuadra del ya cerrado boliche Bulldog del pasaje Padilla, Álvaro Pérez Acosta recibió una feroz golpiza en la vereda que lo dejó en sillas de rueda para siempre. Los autores de la salvaje agresión, los hermanos Cristian y Fabián Jenzen fueron condenados a ocho años de prisión por el caso.

Sin memoria

“Los tucumanos tenemos una rara marca: nos olvidamos rápidamente de las cosas. Resulta que ahora todo el mundo se sorprende por lo que hacen los pendejos de mierda estos. Pero esto viene ocurriendo hace años y nadie dice una palabra. No hay de qué sorprenderse”, destacó el cuarentón Hugo Ramírez. “¿Ya se olvidaron de los grupitos que andaban molestando hace unos 15 años?”, se preguntó el hombre que ya no tiene tantos pelos.

Esos grupitos que menciona son “La banda del quiosquito” (que lleva ese nombre porque sus integrantes se reunían en un quiosco de Corrientes al 400), “La banda del portón” (originaria de barrio Sur) y “Los decanitos” (cuyo punto de encuentra era la plaza Urquiza y estaba formada por adolescentes que fanáticos de Atlético). “Vivían generando incidentes porque eran violentos. A diferencias de otros grupos, estos se visibilizaron. Me acuerdo que muchos criticaban a LA GACETA porque contaba cada uno de los incidentes que protagonizaban”, relató María Laura de Ramírez, una mujer de cuatro décadas.

El enfrentamiento entre dos de estos grupos provocó una tragedia. Ocurrió el 10 de octubre de 2006. Los miembros de “La banda del portón” descubrieron a los líderes de “La banda del quiosquito” que estaba por ingresar a una semana de un colegio religioso de la zona y se produjo una pelea. El policía Jorge Agapito Verduguez, que estaba realizando servicios adicionales en un negocio de San Martín y Suipacha, disparó su arma en contra de los revoltosos. El proyectil mató a César Navarro Murhell (14 años) que estaba jugando con unos amigos y que nada tenía que ver en el incidente.

VÍCTIMA I. César Navarro Murhell tenía 14 años cuando murió.

El efectivo fue condenado a 10 años de prisión por homicidio culposo. Los miembros de los tres grupos tuvieron diferentes destinos. Los que lograron rehabilitarse de sus adicciones, lograron rehacer sus vidas. Otros tuvieron recaídas y afrontaron números procesos penales por diferentes delitos.

Sin cambios

“Las imágenes que se vieron el viernes comprueban que nada ha cambiado. De la ‘Guerra de las gorras’, pasamos a la ‘Tarde de los cuchillos”. Es tristísimo ver como generaciones tras generaciones se hunden en la violencia”, señaló María Laura Fernández. “No hemos aprendido nada a lo largo de estos años. Los incidentes entre jóvenes en esta zona son comunes. La Policía está, pero no alcanza. Tienen que intervenir las otras partes del Estado”, agregó.

La plaza Urquiza y las calles adyacentes fueron escenarios de verdaderas batallas campales en los últimos años. Allí se encontraron los alumnos de la ENET 2 y 3, que protagonizaron una pelea que terminó en la plaza Independencia cuando promocionaban sus semanas. De allí salieron los alumnos de la Escuela de Agricultura que atacaron el frente del Gymnasium hace un par de años atrás. “Hay que ser realistas: la pandemia nos alivió a lo que vivimos en este sector de la ciudad. No hubo festejos estudiantiles, disminuyeron los problemas entre los chicos. Esto hubiera sido mucho peor. Espero que las autoridades se den cuenta de lo que está pasando”, agregó.

Las imágenes de la “Tarde de los cuchillos” que fueron publicadas por LA GACETA en su edición de ayer conmovieron a una lectora. “Cuando vi esas armas blancas en las fotos pensé en otro hecho gravísimo que pasó hace poco: el asesinato de un chico”, señaló acongojada Luisa de Martínez. La contadora pública nacional se refería a Matías Albornoz Piccinetti que fue asesinado de una puñalada en el pecho el 19 de mayo de 2017 en la calle Santiago del Estero al 500 (a tres cuadras de la plaza Urquiza) durante una pelea callejera. “Evidentemente no hemos aprendido nada y no hicimos, me incluyo porque forma parte de la sociedad, nada. Esto ya es una cuestión social que debe ser atendida urgente sino queremos llorar más víctimas”, concluyó.

VÍCTIMA II. Matías Albornoz Piccinetti murió de una puñalada. LA GACETA / FOTO DE DIEGO ÁRAOZ

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“Mantendremos los operativos, pero necesitamos de la ayuda de todos"

“El operativo que se programó el viernes fue exitoso. Lo vamos a mantener, pero necesitamos de la colaboración de todos, especialmente la de los padres”, señaló en una entrevista con LA GACETA el subsecretario de Seguridad José Ardiles.

El funcionario comentó que el viernes por la tarde se movilizaron 30 efectivos de la Dirección de Guardia Urbana por la plaza Urquiza y las calles adyacentes y fueron respaldados por los agentes de la Unidad Regional Capital.

“Necesitamos que los padres de estos chicos hablen con ellos. Y es importante aclarar que no son adolescentes de barrios de la periferia, sino que varios de ellos vienen de diferentes puntos de la capital. Creemos que pueden convencerlos del tipo de comportamiento deben tener”, agregó.

Por otra parte, los casos de violencia juvenil, será uno de los temas que se tratarán en la Mesa Interministerial donde los funcionarios del área de Seguridad piden colaboración a sus pares.